Parashát Ajarei Mot (29) y Kedoshim (30)  

Tenemos dos parshiyot en esta semana. Cada vez que esto ocurre, se duplica la fuerza de la Toráh en nuestro sagrado Shabat. Como fue el caso de la semana pasada, así también es ahora. Queremos aprovechar la ocasión para comentar dos textos de nuestra sagrada Toráh para este Shabat.

Parasha Ajarei Mot (29)
y Kedoshim (30)

Tenemos dos parshiyot en esta semana. Cada vez que esto ocurre, se duplica la fuerza de la Toráh en nuestro sagrado Shabat. Como fue el caso de la semana pasada, así también es ahora. Queremos aprovechar la ocasión para comentar dos textos de nuestra sagrada Toráh para este Shabat.

Primero: Vayikrá 16:1,2.

“D-os habló a Moshé tras la muerte de dos hijos de Aarón, cuando se acercó ante Di-s, y murió. Y Di-os dijo a Moisés: “Habla a Aarón, tu hermano, que no se llega al santuario cuando quiera …’” [Lev. 16:1-2]

¿Por qué se menciona de nuevo el incidente de la muerte de los dos hijos de Aharón, cuando el Eterno da la instrucción que restringe al cohén gadol la entrada al santuario? Esto ha sido comparado a un médico que llega, y dice a su paciente “no comas alimentos fríos ni duermas en un cuarto húmedo.” Otro médico llega, y dice: “No comas alimentos fríos ni duermas en cuarto húmedo, no seas que mueras como murió el Sr. López”.

Obviamente, el último galeno ofreció una lección mucho más fuerte para su paciente, sobre la importancia de cuidar de sí mismo. Sin esa fuera, el paciente puede no darse cuenta de la gravedad del asunto. Así que del mismo modo, la Torá dice que esta “tras la muerte de dos hijos de Aarón”, para enfatizar la gravedad del asunto.

Otros han hecho esencialmente este mismo punto, al decir que “aquellos que ignoran la historia están condenados a repetirla.” Sólo si uno mira a los errores cometidos anteriormente, y se da cuenta de la gravedad de las consecuencias, se puede evitar cometer los mismos errores. De lo contrario, el valor de la asesoría es infructuoso.

Esto aplica como un recurso pedagógico importante, sobre todo a las nuevas generaciones, cuando debemos instruir a los niños con calidez y un vivo interés, lo más pictórico posible, del asunto que deseamos insuflarle en el alma. Cuando nos relacionamos con nuestra fe y principios de forma inapropiada o cuando lo vemos como un peso colateral sin sentido, las nuevas generaciones pierden el rumbo.

Celebrar un bar mitzvá en un casino, o con un viaje a un parque de diversiones, perdemos el sentido de lo que precisamente, “bar mitzvá” significa. Los niños aprenden lo que es importante, y lo aprenden de sus padres. Si cuando nos sentamos alrededor de la mesa del Shabat, tratamos el tema de la última jugada del partido de nuestro equipo favorito, o de algún aspecto crítico de la parashá semanal, el mensaje hará un efecto importante en el orden de prioridades que las nuevas generaciones tomarán para sus vidas.

Nuestra generación pude ser testigo otra vez de “la muerte de los hijos de Aharón”, si no tomamos las medidas necesarias para que las generaciones de relevo se levanten sobre la base firme de los principios de la Torah, no del humanismo o el hedonismo de nuestros días. Y el mencionarse de nuevo la “muerte de los hijos de Aharón”, el mensaje adquiere una relevancia especial para nosotros, 3,500 mil años después.

La parashá también relaciona la obediencia de los padres, con el respeto y honor apropiado a nuestros signos de identidad. Nos dice: “Todo hombre reverencie a su madre y su padre y mis días de reposo mantenga, Yo soy Hashem, tu D-os. (Vaikrá 19:3).

Como es evidente, la obligación de, por un lado mantener el Shabat y por el otro tener respeto y reverencia por los padres vuelven a encontrarse insertada en conjunto, al igual que en los Diez Mandamientos, cuando ambos vienen interpuestos.

¿Cuál es la relación íntima entre estos dos que siempre van de la mano?
La gran lección es que el hogar debe ser visto como una escuela sagrada. Incluso si contamos con los mejores profesores (los padres) y los estudiantes ideales, (los niños), aun así, necesitamos un santuario en el tiempo que sea sagrado. Tiene que haber una coordinación entre el tiempo de la familia y el tiempo de Dios. La educación familiar no puede ignorar la educación de la Torah. Respetar a los padres debe llevarnos al honor de las cosas sagradas, al honor de Dios mismo Quien está detrás de ellas.

Segundo: Vayikrá 18:4,5)

“Llevar a cabo mis leyes y Mis decretos de salvaguardia seguirlos, Yo soy Di-s, vuestro Señor. Salvaguardarás mis preceptos y mis leyes, pues el hombre que los siga, vivirá por ello. Yo soy Di-s”.

El judaísmo que nos viene por revelación divina, es una forma de vida. No son simplemente preceptos positivos (esto harás) o negativos (esto no harás), sino que esos preceptos son dados como marcas del camino, como pilares que nos indican la manera cómo debemos vivir cada día.

La ética en y de las relaciones personales debía llevarnos a evitar las conductas corruptas de los cananeos y los egipcios. Y por tanto, nos exigió vigilancia en el mantenimiento de la santidad de las diferentes categorías de instrucción divina, tanto las leyes prácticas que serían dictadas por la razón, incluso sin órdenes de la Torá (lo que el RaShTá llamará luego, “la ley escrita en sus corazones, esto es la conciencia del bien y del mal que el Eterno insufló en el alma humana desde el principio) y los decretos insondables por la inteligencia humana, que solamente son dados por medio de la Torah.

Aquí surge entonces una pregunta. Si tenemos en cuenta que la Torá no repite ninguna palabra innecesaria, ¿por qué parece repetir, en la segunda parte, el mandato de la primera afirmando de nuevo, “salvaguardarás mis preceptos y mis leyes”?

El rabino Moshe Feinstein (1895-1986), en su comentario, añade una nota sumamente interesante que nos ayuda a entender la razón de la Toráh al repetir de nuevo el mismo principio tratado en el verso. Explica que el primer verso se construye por la psicología humana racional. Las leyes, las normas de respeto interpersonal y el orden que el sentido común dicta “son esenciales para una sociedad funcional, requieren nuestro compromiso con su cumplimiento”.

En otras palabras, cualquier persona que mantiene una conciencia de Dios apropiada y la dirección ética correcta automáticamente se transforma en salvaguardia de esos principios de la Torah.
Sin embargo, somos testigos de nuestra humana debilidad. La realidad es que desde el principio, el hombre ha demostrado su incapacidad decontrolar siempre sus impulsos, debido a la presencia del yètzer hará ( una fuera y deseo interno, impregnado en la conciencia y en los miembros del cuerpo, para actuar en contra de lo establecido en la Torah).

Lo que en el lenguaje del RaShTá se expresa como, “lo que debo hacer no hago y lo que no quiero hacer, eso hago”, o sea, esa fuerza oculta que nos arrastra para hacer lo que no debemos, es decir, “la ley del pecado en nuestros miembros”.

Debido a esto, la segunda parte del pasuk hace hincapié en la necesidad de garantías adicionales para ambos, “leyes” (que entendemos) y “decretos”, que no entendemos. Dicho de otra manera, cuando guardamos los mandamientos que entendemos, fortalecemos nuestro yétzer hatov. Y cuando nos esforzamos y guardamos aun los decretos que “no entendemos”, debilitamos la fuerza del yétzer hará.

Como el Eterno conoce nuestra situación, pues nos creó, sabe que no podemos confiar en nuestras propias motivaciones para mantenernos vigilantes en la protección de las leyes, necesitamos un impulso divino. La Ley de Dios nos da por un lado la amonestación correcta y Su espíritu dentro de nosotros, la fuerza necesaria.

¿A qué podemos comparar esto? Pensemos en las leyes del tránsito. Llevo muchos años que no me ponen una multa de tránsito. Sin embargo, en una ocasión, mientras viajaba por una autopista en los Estados Unidos, corriendo contra el tiempo para una actividad, pasé de los límites de velocidad permitido y me pilló una patrulla de carretera.
Pocos segundos después, la intermitente luz azul y roja estaba bien cerca de mi y la voz del policía no se hizo esperar: “Favor estacionarse con cuidado en la zona de seguridad de la pista”. Así lo hice.

El gigantesco patrullero, con su impecable ropa y su enorme sombrero color marrón se me acercó lentamente por la ventanilla y me dijo: “¿Sabe por qué le he pedido que se detenga?”. “Sí, le dije, creo que iba algo más allá de lo permitido”. “Correcto, las leyes del Estado han sido hechas para protegerle a usted y a los suyos de accidentes, la velocidad que usted traía estaba 10 millas por encima de lo permitido, y eso pone en riesgo su vida, es mi deber cuidarle a usted y a todos nosotros. No vuelva a violar los límites de velocidad por favor.

Ahora, para que lo recuerde por toda su vida, debo ponerle una multa, es costosa, y no se demore en pagarla, porque puede salirle más costosa aun”. Y con una calma pasmosa, me entregó la multa que yo debí firmar, aceptando el cargo. Cuando le entregué la “boleta” firmada le dije: “Gracias por cuidarnos”. Y seguí mi camino teniendo más cuidado de ahora en adelante.

¿Le ha pasado eso a usted alguna vez? En realidad el acto del policía en cumplimiento de las leyes del Estado, procuraban mi bien. Fue una multa costosa, mas para mi bien. La ley, cuando procede de una fuente justa, nos protege. Es para nuestro bien. ¡Gracias a Di-o no me han puesto más multas desde entonces por exceso de velocidad!
De la misma manera funciona la Ley Divina.

Fue creada sobre la base del amor, la gracia y la misericordia del Eterno para nosotros. El sabe cómo protegernos y cuidarnos. Y este es el sentido de:

“vivirá por ellas”, es decir, por la múltiple expresión de la gracia y misericordia de Dios detrás de Sus mandamientos y decretos, y que luego con la aparición de nuestro justo Mesías, alcanzará su máxima expresión histórica, como dirá luego uno de los estudiantes del Ríbi: “La Toráh fue dada por intermedio de Moshé, pero la gracia y la verdad (Jésed veEmet) fueron reveladas en toda su fuerza, por medio de Yeshua HaMashiaj” (Yój.1:17).

Tomarla de forma diferente puede llevarnos o al descaro o al legalismo. Al descaro cuando nos burlamos de ellas y concientemente las violamos. Este es el camino del infierno.

Al legalismo cuando no comprendemos que no son un fin en sí mismo, sino que nos llevan con amor hacia aquél que es la fuente de nuestra redención, esto es, el Mesías y entonces pretendemos, equivocadamente, que podemos salvarnos a nosotros mismos por guardarlas, cuando ya ha sido demostrado que nos es imposible de esa manera.

Nuestros antepasados aceptaron las instrucciones de la Torá, las leyes y decretos, en el Sinaí hace más de tres mil años porque se dieron cuenta que nuestro Di-os es clemente con nosotros. Ellos entendieron que Sus normas son la estructura atemporal de velar por nuestra seguridad espiritual y fortalecer nuestra conciencia Di-s.

Ahora mismo nos encontramos en la cuenta del Omer. El período comprendido entre Pésaj y Shavuot es el momento de la renovación, de la elevación espiritual, de irnos perfeccionando, como la luz del sol, que va en aumento hasta que el día es perfecto, cuando, año tras año, nos vamos renovando como las águilas, es decir, de hijos sometidos a la realidad de la mundana edad presente, a la libre elección de los funcionarios de la Divinidad.

Paz sea sobre ti y tu casa y que este Shabat te traiga plenitud de alegría, salud, y unidad familiar, juntamente con toda la Casa de Israel.

PD. Las lecturas de la Toráh para este Shabat son las siguientes:
Vayikrá 16:1-20:27 – Haftarah: Yejezkel 20:2-20
HaTzofen HaMaljuti: Mat. 16:1-18:35 y Mat. 19:1-21:46

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