SINOPSIS Y REFLEXIONES PARASHÁ KI-TAVO #50

Si queremos comprimir esta parashá Ki tavo (cuando llegues) en una sola palabra ésta sería: agradecimiento. Sí, agradecimiento a Aquel que lo ha dado todo por tí y por mí desde la incircunscripta creación macro cósmica y micro cósmica. Nos ha dado Su propia esencia, Su ADN, Su existencia, cada partícula de Su estructura energética y atómica, llena del alto voltaje de Su amor inmortal. Amor que no te negó, sino que lo hizo descender en Su resplandeciente santidad infinita e inagotable bondad misericorde de Su Shejina (Su presencia).

Parashá Ki Tavo (9/5/2020)
1: Devarim 26:1-11
2: Devarim 26:12-15
3: Devarim 26:16-19
4: Devarim 27:1-10
5: Devarim 27:11-28:6
6: Devarim 28:7-69
7: Devarim 29:1-8
Maftir: Devarim 29:6-8
Haftará: Yeshayahu (Isaías) 60:1-22

Si queremos comprimir esta parashá Ki tavo (cuando llegues) en una sola palabra ésta sería: agradecimiento. Sí, agradecimiento a Aquel que lo ha dado todo por tí y por mí desde la incircunscripta creación macro cósmica y micro cósmica. Nos ha dado Su propia esencia, Su ADN, Su existencia, cada partícula de Su estructura energética y atómica, llena del alto voltaje de Su amor inmortal. Amor que no te negó, sino que lo hizo descender en Su resplandeciente santidad infinita e inagotable bondad misericorde de Su Shejina (Su presencia). Un regalo eternal que no caduca ni se agota, al contrario, crece, prevalece y permanece en el cofre de los sueños donde sólo Él lo puede contemplar…dentro de ¡tu corazón! El lugar que Él eligió como Su nueva morada.

Cuando Hashem hizo descender Su santa Torá a la Tierra en el Monte Sinaí, todas las naciones estaban presentes en las faldas de esta montaña, un gran acontecimiento estaba sucediendo: rayos, truenos, centellas y un coro de ángeles que se podían escuchar mas no ver. Una voz de trueno irrumpió en medio de todo, se escuchaba como el desriscar de un gran peñasco que generaba a la vez un gran temblor de tierra, era la voz de Aquel que todo lo creó con el canto sempiterno del poder de Su voz.

El Eterno preguntó qué nación quería hacerse responsable de recibir la santa Torá, el manual, la constitución del Reino de los Cielos; experimentar y cumplir su contenido y mostrarle al mundo lo que Hashem había delegado como herencia perpetua a toda la humanidad. Las naciones guardaron un silencio sepulcral que hasta el mismo silencio sollozó, sus lágrimas caían en el polvo de la tierra preñándola de congoja. De repente se escuchó un fuerte y determinante grito que quebró a las taciturnas naciones que no se atrevían a abrir sus bocas; ¡Náase Venishmá! (¡Haremos y obedeceremos!) gritó a coro con firmeza todo el pueblo de Israel.

¿Pero…obedecer qué? Ninguno de ellos sabía a qué iban a obedecer y si esa obediencia estaba al alcance de sus posibilidades y capacidades humanas. Y como todos sabemos, hoy siglo XXI, miles de años después, este mismo pueblo sigue abanderando y cumpliendo lo prometido en esa celebre frase: ¡Náase Venishmá! En otras palabras, el pueblo de Israel es como una casa modelo equipada con todo lo necesario por el Arquitecto de arquitectos mediante la santa Torá, para que sea un modelo a seguir. A pesar que muchos imperios se jactaban de vencer y hacer desaparecer al pueblo de Israel, hoy esos imperios declinaron y desparecieron; o sea, no existen, la historia los registró como desparecidos. Más el pueblo escogido por Elohim, hasta hoy prevalece y sigue siendo la nación santa y amada de Hashem, la niña de Sus ojos… Cuando Hashem entregó Eretz Israel a Su pueblo no sólo estaba entregándoles ese pequeño territorio, sino toda la tierra; es decir, el globo terráqueo, ¡la tierra prometida!

Te preguntarás, ¿Y cómo es eso? Muy simple, Hashem hizo que el pueblo de Israel experimentara y disfrutara de los dos templos, donde Su Shejina moraba día y noche. Luego, permitió que fueran destruidos con un propósito impregnado de infinita bondad y misericordia, bondad que no se puede calcular. Hizo que el pueblo de Israel se diseminara por todos los continentes. La diáspora del pueblo de Israel fue uno de los actos más poderosos de misericordia diseñados por el Eterno, porque gracias a ello, hoy el resto de la humanidad y nosotros podemos conocerlo, entrar y ser parte de este poderoso pacto. Los judíos no eran errantes, sino labradores que iban sembrando la semilla de la Torá en el mundo, para que el mundo conociera al único y verdadero Di-s. Por cuanto hoy no existe templo, Él prometió que moraría dentro de tí haciendo de tu cuerpo Su templo, donde descenderá y habitará Su Shejina, entonces la tierra será llena de Su gloria.

“Y Yo andaré en medio de vosotros, y seré vuestro Di-s, y vosotros seréis mi pueblo.” Vayikra (Levítico) 26:12

“…porque somos el templo del Dios viviente, como Dios dijo: habitaré y andaré entre ellos, y seré su Dios y ellos serán mi pueblo.” 2a de Corintios 6:16 Asofer Hamaljutí-Código Real

Esta parashá nos habla también de los bikurím (primicias). Según nuestros sabios el precepto de los bikurím comenzó a regir como agradecimiento a Di-s, después que tomaron la tierra de Israel. Los bikurím o primicias consistían en llevar al templo lo mejor de los primeros frutos de la cosecha, estos eran siete: trigo, cebada, vid, higos, granadas, aceitunas y dátiles. Además se hacía una conmovedora ceremonia con cánticos e instrumentos para dar gracias al Eterno, estos frutos eran llevados al Bet Hamikdash en un recipiente o canasta los cuales se ofrecían al Eterno a través del kohen Gadol (sacerdote).

Dicen nuestros sabios que de los bikurim aprendemos un secreto muy grande para obtener alegría: “la persona busca lo que no tiene, porque no valora lo que sí tiene, y no valora lo que tiene porque nunca dejó de tenerlo” por lo tanto, esto hace que agradezcamos al Eterno con mayor fervor.

Por: Yehoshúa Villarreal I.

Con la autoridad del Rab Dan ben Avraham

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